Pero no solo era yo. No solo me seleccionaron a mí.
Éramos tres. Tres mujeres seleccionadas para el programa de Trainees. Tres desconocidas —que en otro contexto tal vez habríamos sido amigas— sentadas en la misma sala, compartiendo un aire tenso, contenido, donde todas sabíamos —aunque nadie lo dijera— que al final solo una quedaría.
Nadia, a quien le decían «la China» por su cabello y sus pestañas, llegó el primer día con una carpeta rosa pastel y una botellita de agua con glitter. Venía de una empresa de outsourcing en la que, según dijo, «básicamente manejaba todo». Tenía una seguridad escandalosa. Hablaba como si ya hubiera sido ascendida. Sabía usar diminutivos. Sabía hacer chistes sin reírse. Sabía —sobre todo— cómo caerle bien a los jefes en los primeros quince minutos. Tenía ese don. Uno que yo nunca he tenido.
Anne, en cambio, era otra cosa. Morena, seria, contenida. Moreliana, de origen y de acento. Traía consigo ese tipo de nervio que no se puede disimular: el de la primera vez. Porque sí, para Anne era su primer trabajo como profesional. Su primer gafete. Venía de un call center y tenía la voz entrenada para sonar amable, incluso cuando no lo sentía. Aunque lo disimulaba bien —porque era reservada, casi fría—, a veces, cuando pensaba que nadie la veía, se le escapaba esa mirada de niña que aún no sabe si llegó al lugar correcto.
Nos vimos por primera vez en una sala de capacitación con sillas de plástico y un proyector viejo.
Nos saludamos con cortesía, con la amabilidad de quienes aún no se odian. Sonrisas, miradas medidas, el clásico “mucho gusto”. Pero bastó un cruce de miradas, un comentario demasiado entusiasta, una corrección innecesaria para entender lo que estaba pasando.
Ya estábamos en guerra.
⌛💖
Te pareces a alguien que amé
Capítulo 2: "Guerra silenciosa".

