—Rodrigo, el chico que me gustaba, también vivía ahí, era mi vecino. —
Capitulo 3: Primero de Septiembre
Empecé a trabajar poco después. Y con el trabajo vino el cambio. No solo el de uniforme. Cambió el peso de mis piernas.
Lo más urgente era la distancia. Vivir tan lejos se convirtió en una carga diaria. Para salir del fraccionamiento Valle Alto, en Guanajuato, tenía que tomar una combi —si pasaba— o caminar hasta alcanzar la carretera. Luego esperar un camión para llegar a la Avenida del Sur. De ahí, otro más para acercarme al Centro Galería, y si las rutas no funcionaban, caminaba hasta cuarenta minutos. De noche era peor. Salía del trabajo a las ocho, y ya no había transporte. Me tocaba regresar a pie entre calles oscuras.
A veces me daban ganas de llorar. No por tristeza, sino por agotamiento.
Por eso me mudé.
Encontré un pequeño departamento en un fraccionamiento llamado Residencial San Dante, cerca del trabajo. Nada especial. Fachadas beige, calles tranquilas, vecinos amables. Pero después de lo que había pasado, me bastaba con que tuviera techo, agua y estuviera cerca.
Lo compartía con Yaritsi, una chica que era profesora en línea, y tenía paciencia para todo. Súper guapa, limpia y organizada, de esas personas que siempre saben dónde está todo y que no se molestan cuando tú olvidas algo. Cocinaba rico. Escuchaba fuerte. Sabía estar. Me cayó bien desde el primer día.
No me mudé de inmediato. Tuvimos que fumigar. Por si las cucarachas, por si el karma, por si lo que fuera que viviera entre las paredes. Así que, mientras tanto, seguí en Valle Alto, con mis dos cobijas y mi maleta descosida. Cuando por fin nos entregaron el lugar, mi primo me ayudó a moverme en su coche. Me acompañó también una amiga de la infancia, que siempre ha estado para todo.
El departamento tenía una cama Queen Size, que había dejado el inquilino anterior. Para mí era un lujo. Después de semanas durmiendo en un colchón inflable que amanecía como una tortilla triste, tener un colchón lo era todo.
Fue una etapa extraña. De independencia y precariedad. De no saber si iba a quedarme, pero igual colgar cortinas. De comer sopa instantánea, pero calentita.
Y entonces, en ese lugar, me di cuenta que mis días ya no serían los mismos.
Lo supe cuando vi a Rodrigo salir del edificio vecino, con ese mismo andar distraído, y esa sonrisa floja con la que parece saludar al mundo sin preocuparse si el mundo le responde. Me saludó con la cabeza. Yo le sonreí, o eso creo. Rodrigo, el chico que me había entrevistado semanas antes, también vivía ahí, era mi vecino.
Después de esa coincidencia, entré al departamento, cerré la puerta detrás de mí, y sentí algo. No ilusión, todavía. Era más bien la conciencia exacta de la distancia mínima entre nosotros. Su edificio, el mío. El pasillo. El mismo cielo. La misma luna.
Y sin embargo, todo eso no alcanzaba para que estuviera aquí.
No se lo dije. No tenía por qué decirle, tampoco.
Me quité los zapatos y caminé hasta la cocina, donde Yaritsi estaba sentada frente a su laptop, con una libreta rayada abierta y unos audífonos puestos.
—¿Ya cenaste? —le pregunté desde la puerta.
Ella se quitó uno de los audífonos y sonrió.
—Hice quesadillas... pero sin queso. ¿Quieres?
—Hoy lo vi —dije, sin decir quién. Solo lo solté.
—¿Y?
Me encogí de hombros.
—Nada. Estaba saliendo de su edificio. Vive por aquí cerca.
Yaritsi me miró de reojo, como quien no entiende nada. No tuve el valor de decirle todavía. No porque no confiara en ella, sino porque... todavía no tenía el valor de contarle esa locura.
Así que lo escribí. Me tiré sobre la cama y puse música. Porque cuando algo me supera, escribo.
> Vives a unos metros de mí.
Y sin embargo, estás tan lejos.
Camino donde tú caminas,
respiro el aire que tú dejas,
cierro la puerta y sé
que allá, a unos pasos, estás tú.
No te estoy esperando.
Pero tampoco me resigno a que no me sucedas.
No toco tu puerta.
Pero dejo la luz encendida.
Por si el destino hace lo que yo no me atrevo.
Por si acaso, un día te da por entrar.
Porque cuando apareces,
todo se me acomoda un poquito.
Hasta el miedo.
Hasta el cansancio.
Hasta el "yo".
No te sueño,
No te llamo,
No te espero.
Pero si vienes,
si me sucedes,
te juro que nunca te suelto. <
Lo guardé sin título.
Sólo con fecha: Primero de septiembre.
Después de eso, empezamos a vernos más seguido. Coincidencias que parecían accidentales.
Yo no sabía nada todavía. Ni lo que iba a pasar, ni todo lo que estaba por sentir.
©️Te pareces a alguien que amé
Is González - Escritora ✨
Todos los derechos reservados


el capítulo tres, al leer en voz alta, me puso en alerta por detalles cuyos lugares en su aparecer en secuencia provocó que me ajuste las expectativas de la exposición del cuento; ósea, el estilo en cómo se narra el historia es impresionante por la manera que toma pasitos tranquilos, y aún largos, para actualizar el relato que da por tomar lugar en tiempos modernos igual a su paso en el desarrollo en el argumento, lo cual es práctico para conseguirse un público contemporaneo sin hacerse sentir avergonzado por haberlo leido.